Ya conoces el video. Tal vez lo grabaste tú mismo. Un carro con el agua hasta las ventanas en la 27 de Febrero. Un motorista empujando su motor con el agua por la cintura. El sótano de un edificio con los carros flotando en una piscina de agua turbia.

Cada vez que el cielo descarga con peculiar intensidad sobre el Gran Santo Domingo, las mismas imágenes aparecen en todas las pantallas. La gente está frustrada. Harta. Y con razón.

Pero sigue pasando.
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Lo que los números dicen
4 de noviembre de 2022. Más de 266 milímetros acumulados en una noche. 9 personas perdieron la vida. Más de 600 vehículos bajo el agua. Daños por más de mil millones de pesos.

18 de noviembre de 2023. Un acumulado de 431 milímetros en 24 horas, cifra que ONAMET calificó de histórica. 34 personas fallecieron. Más de 37,000 desplazadas. Más de US$460 millones en daños, según estimaciones del Gobierno recogidas por Naciones Unidas.

4 de julio de 2024. Acumulados de más de 200 milímetros en varios puntos del Distrito Nacional en apenas unas horas. Las principales avenidas bajo agua.

26 de septiembre de 2025. Alerta roja en el Gran Santo Domingo. Abril de 2026. Hoy. Mientras escribo esto, Santo Domingo amaneció inundado. Otra vez.

Cinco eventos en menos de cuatro años. Ya no estamos ante episodios aislados, sino ante una vulnerabilidad que se repite con una frecuencia alarmante. Y cada vez, las pérdidas son devastadoras.
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Las respuestas que con frecuencia escuchamos
“Es la basura que tapa los filtrantes.” “Es que no hay drenaje.” “Es el cambio climático.”

Las tres son parcialmente ciertas. Pero ninguna explica por completo lo que está pasando. La basura contribuye, pero culpar solo a la basura es quedarse en la superficie. La falta de drenaje es real: la mayor parte del Gran Santo Domingo no cuenta con un sistema de drenaje pluvial adecuado, y lo poco que existe fue diseñado para una ciudad mucho más pequeña.

Pero hay algo que rara vez se discute: lo que pasa dentro de cada proyecto de construcción y en las calles donde se instala la infraestructura pluvial.
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Lo que realmente está pasando
La ciudad. Santo Domingo creció verticalmente en las últimas dos décadas sin que la infraestructura pluvial creciera con ella. Donde antes había una casa con jardín que absorbía agua de lluvia, hoy hay una torre cuya huella de concreto impermeabiliza el terreno completo. El agua que antes percolaba al suelo ahora va directo a la calle. Y el sistema de drenaje que servía para la ciudad anterior ya no puede con la ciudad actual.

El edificio. Dentro de cada proyecto, el sistema pluvial muchas veces se calcula razonablemente. Pero entre lo que dicen los cálculos y lo que se instala en obra, no siempre se respeta lo diseñado. Se reducen diámetros. Se eliminan componentes. Se ajustan especificaciones porque alguien, en base a intuición, dice: “eso funciona.”

Y esa intuición funciona. Funciona el 95% del tiempo. El otro 5% es cuando el agua sube uno, dos, hasta tres metros en la avenida, entra por la puerta de tu negocio, destruye el primer piso de tu edificio, arrastra tu carro y, en el peor de los casos, le cuesta la vida a alguien.

El problema es que la intuición no sirve para eventos extremos. Nadie tiene intuición para 431 milímetros en 24 horas. Para eso hacen falta cálculos, y los cálculos hay que respetarlos. Cuando no se respetan, las consecuencias no las contempla el presupuesto del proyecto, y, desafortunadamente, le toca muchas veces a otro costearlas.

Hay proyectos que se ejecutan con rigor. Pero no son suficientes para compensar los que no.

El filtrante. Los filtrantes que se instalan en muchas calles de Santo Domingo no tienen cámaras de retención de sólidos. Sin esa cámara, cualquier basura que llegue tapa el filtrante y el sistema deja de funci…